El sueño de todo político

02-09-2009, 03:32 - Si la politica le amargo la vida a Néstor Kirchner en el ultimo mes, la economia se encargo de alegrarsela. Aunque la inflacion minorista se resiste aun a encorsetarse en un digito anual a pesar de la proliferacion de controles y subsidios.

Si la política le amargó la vida a Néstor Kirchner en el último mes, la economía se encargó de alegrársela. Aunque la inflación minorista se resiste aún a encorsetarse en un dígito anual a pesar de la proliferación de controles y subsidios, el Presidente se apresta a recorrer las últimas semanas de 2006 con indicadores soñados. El PBI crecerá más de 8,5% anual; el consumo interno marcha a todo trapo; suben los precios de las exportaciones agropecuarias, los títulos públicos y las acciones; la recaudación impositiva y previsional bate récords todos los meses; disminuye el desempleo y toda esta combinación le permite además cumplir otro sueño de todo político: aumentar el gasto público sin resentir el superávit fiscal. Difícil encontrar un marco mejor para encarar un año electoral como 2007. Los datos de la economía también serán una excelente carta de presentación para la comitiva empresarial argentina que esta semana hará sonar la campana para abrir la sesión bursátil en Wall Street, de la misma manera que lo hizo el propio Kirchner hace un par de meses. Allí se ve mejor cómo el crecimiento del PBI y el comercio mundial, motorizado por China e India, empuja a los países de América latina que venden alimentos y materias primas más caros y compran equipos y manufacturas más baratos. Con el dólar alto la Argentina viene aprovechando este prolongado y renovado ciclo, por más que el Estado se asocie invariablemente en las ganancias y se desentienda de quienes las producen cuando se trata de cobrar impuestos, imponer topes a los precios internos o restricciones a la exportación.

Tanta euforia por los aspectos cuantitativos de la economía local suele hacer perder de vista los problemas cualitativos y de diseño institucional que se esconden detrás de los rebosantes indicadores. Quizás una de las mejores pruebas de esta disociación pudo verse la semana pasada en el tratamiento de la ley de presupuesto nacional para 2007.

Desde que el Gobierno descubrió, en épocas de Roberto Lavagna, que subestimar las proyecciones de crecimiento de PBI y de recaudación impositiva era la mejor manera de generar fondos excedentes para uso discrecional, hizo de este mecanismo un hábito. Con la agravante de que luego lo institucionalizó al reglamentar los decretos de necesidad y urgencia sin fecha de convalidación para gastar más, y el uso y abuso de superpoderes para modificar el destino de las partidas presupuestarias, sin pasar por el Congreso.

Si hubieran analizado los números con objetividad, los diputados que dieron media sanción del Presupuesto 2007 después de un tedioso debate de doce horas, deberían haber alertado a la opinión pública que el Gobierno prevé que el año próximo la economía entraría en recesión. No conviene alarmarse, sin embargo. Ocurre que el proyecto calcula para 2007 un crecimiento del PBI de sólo 4% anual, cuando la fuerte expansión de este año ya deja un arrastre estadístico del orden 3,4 puntos. Nadie lo toma en serio: hasta el más crítico de los analistas privados prevé para el año próximo un piso del 7%. Lo mismo ocurre en 2006, para el cual se calcula oficialmente un crecimiento del 6%, cuando la duda es cuántas décimas estará por encima del 8 por ciento.

Un par de estudios técnicos conocidos en los últimos días permiten clarificar cómo funciona este mecanismo, que tiene más que ver con la política que con la economía. La Asociación Argentina de Presupuesto (Asap) destaca en un trabajo que si aquella subestimación apuntara a frenar presiones sobre el gasto público, lo razonable hubiera sido evitar la suspensión del Fondo Anticíclico Fiscal creado por ley hace sólo un par de años. También pone de relieve que la previsión de un 20% de aumento del gasto primario para 2007 coloca a la administración nacional en infracción a otra ley, la de responsabilidad fiscal, que el Congreso parece haberse olvidado de hacer cumplir y establece que el gasto no debería crecer más que el PBI nominal.

Desde otro ángulo, un análisis del Ieral (Fundación Mediterránea), encabezado por Nadin Argañaraz, revela el nudo de la cuestión: el Gobierno puede subir el gasto el 19% sin afectar el superávit primario previsto del 3,1% del PBI, o bien hasta el 21%, pero reduciendo el ahorro al 2,9% del PBI.

En otras palabras, mientras la recaudación siga creciendo por encima de lo previsto, permite hacer política con la rebosante caja fiscal, mediante el reparto de fondos excedentes con premios para los aliados y castigos a los adversarios en provincias y municipalidades. O sea, el sueño de todo político. Y ahora que el excedente se transformó en un bonus , pocos en el oficialismo se ocupan en serio del destino y las prioridades del gasto adicional.

Mientras tanto, el gasto primario presupuestado se ubicará el año próximo en el 22,5% del PBI, el nivel más alto de los últimos catorce años, con importantes y justificables subas en jubilaciones, educación, ciencia y tecnología. Esta asignación, sin embargo, deja en segundo plano algunos puntos oscuros, como las crisis estructurales en algunos hospitales públicos (caso Clínicas); el aumento del déficit de empresas públicas (a 780 millones de pesos); que la flamante AySA haya incrementado 50% su dotación de personal o que la cuenta de subsidios al transporte y la energía ya supere los 6000 millones de pesos.

La contrapartida de esta cadena de la felicidad, que también permite repartir gastos y subsidios a discreción y encarar obras públicas de dudosa prioridad como el tren bala a Rosario, es que la presión tributaria también se ubica en niveles récord del orden del 24,5% del PBI. Si se tiene en cuenta que aún queda una importante brecha de evasión fiscal, es fácil deducir que la presión sobre los que cumplen está alcanzando niveles nunca vistos en la Argentina contemporánea. A esto contribuye no sólo la estructura de impuestos de emergencia que llegaron para quedarse, sino otro hecho menos visible: después de dos años de inflación de dos dígitos (y un acumulado del 85% en cinco años) también se pagan impuestos sobre ganancias contables. En este marco, la autorización al Poder Ejecutivo para subir las bases imponibles de los impuestos a las ganancias y bienes personales, se asemeja más a una herramienta electoral que a una reforma tributaria articulada.

Aunque lo razonable sería bajar genuinamente la inflación antes que indexar bases imponibles, el problema es que nadie en el oficialismo parece creer que también se puede hacer política reduciendo la presión tributaria para estimular la inversión y el aumento de la capacidad productiva. Lo acaba de imitar también el gobierno porteño, con nuevas creaciones impositivas (impuesto de sellos sobre escrituras y alquileres comerciales). Con esta dinámica, los alivios impositivos parecen destinados a aparecer sólo bajo presión violenta. Lo demostraron los petroleros patagónicos que consiguieron por la fuerza una ley a medida, que traslada parte del costo fiscal a las empresas. Si éste es el camino para conseguir rebajas impositivas, la Argentina está en problemas.

NESTOR SCIBONA
LA NACION

Miercoles 02 de Septiembre de 2009 | 0 comentarios

Etiquetas: kirchner, economia

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